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Domingo 24 de junio de 2018

Políticos vs. FMI

Sección
Opinión
Fecha
8 de junio de 2018

Hernán de Goñi *

Está claro que para buena parte de la sociedad la reaparición del FMI en la vida económica argentina no es precisamente un buen augurio. El organismo multilateral puede comportarse como el médico clínico al que uno visita una vez por año para hacerse un chequeo, o puede ser la ambulancia que llega con un cirujano listo para operar. La memoria colectiva asocia al Fondo con este segundo rol, ya que sus últimas intervenciones tuvieron siempre el mismo foco: tratar de sanar a un paciente que mostraba signos avanzados de deterioro en su salud económica.

La última experiencia de un acuerdo con el FMI no terminó de la mejor manera. En el 2001, su conducción no veía a la Argentina como un enfermo al que ayudar sino como a un adicto casi irrecuperable. La fuga de capitales de ese año impuso una receta dogmática y así fue como a fin de año el Fondo resolvió interrumpir el financiamiento. Ni el draconiano recorte de salarios y jubilaciones ni el oneroso megacanje fueron suficiente tributo al altar de Anne Krueger, la subdirectora que supervisó personalmente las negociaciones con el país.

La crisis global de 2008 alteró la función del Fondo. Sus socios aceptaron transformarlo en un prestamista menos exigente. Pero la percepción de las naciones que tratan con sus técnicos no cambió. El problema, antes y ahora, es que el oportunismo político local y los sectores más ideologizados siguen caracterizando al Fondo como una suerte de policía que coarta libertades. Esa

tintura cubre una realidad que cuesta aceptar: el país vive desde hace 70 años con fondos prestados, en buena medida porque la desconfianza interna nos impulsa a guardar dólares antes que aceptar pesos. Preferimos financiar a Bush, Obama o Trump antes que a cualquier gobierno argentino, lo que nos transforma en dependientes del volátil ahorro externo. Hacer un paro contra el FMI solo nos muestra como un enfermo que no quiere subir a la ambulancia. Y que además grita porque no llueven inversiones. La imagen está ahí, en el espejo que hace 70 años evitamos mirar.

* El Cronista

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